La catedral es la iglesia del obispo, ha escrito Georges Duby. Lo es. Pero el arte de las catedrales representa ante todo el despertar de las ciudades. Además de recipiente de la cátedra episcopal, la catedral es una iglesia urbana.
En los siglos XII y XIII Europa se puebla de un manto blanco de catedrales. En tan poco tiempo que, si se consideran las condiciones técnicas y demográficas de la época, causa pasmo. Esto es posible porque la catedral, surgida del empuje de la fe, es una obra colectiva, financiada con los beneficios de la limosna, del diezmo, de la donación, de la indulgencia; pero también de la largueza de los reyes, de los nobles, de los príncipes y, sobre todo, por el impulso de prosperidad que, surgido de los campos, hincha las velas de la economía urbana.
Los hombres de ciudad hacen de ella signo diferencial, símbolo, se acogen a su sombra de hermosuras que les distingue de los rústicos. Burgueses, maestros en artes, cambistas, mercaderes, gentes de oficio que trabajan la lana, el cuero, los metales, que venden las bellas telas, las joyas, de caravana en caravana, de feria en feria. Todos, con sus generosas donaciones o sus modestas dádivas, amasan las monedas que, ganadas con esfuerzo, con ingenio, con fatiga, circulan de mano en mano hasta recalar en el tesoro catedralicio.
Y del empuje urbano, y de la audacia de esos aventureros de la inteligencia que se precipitan hacia el arte nuevo, se enciende el milagro de catedral gótica, se culmina el sueño de la elevación, la victoria de la luz. Lo ha intuido Abelardo, lo ha escrito Bernardo de Claraval, “que el alma busque la luz siguiendo la luz”. Lo han ensayado con éxito los iluminados del vacío, como el abad Suger, en Saint-Denis.
Hija de aquel tiempo prodigioso, nuestra catedral emerge con el último románico y crece con el impulso gótico que la concluye y la cierra. Cuando comienza su construcción, en 1168, Suger y San Bernardo acaban de morir. Pero ya el sutil encanto del Arte de Francia impregna la tarea de los constructores de este viejo reino.
Y el templo tudelano se enriquece después, se viste de retablos y de rejas, de sillerías deliciosas, azulejos, imágenes, yeserías colosales, sepulcros solemnes, órganos coloridos… Cada estilo, cada tendencia, desde el equilibro renacentista, pasando por el estallido de sensualidad barroca, hasta llegar al ordenado neoclasicismo de la Ilustración, está en ella, aunque la huella de los siglos haya impedido durante un tiempo disfrutar de su esplendor erosionado por la veladura del olvido.
Han sido precisos la voluntad y el compromiso de un gobierno consciente de la importancia del Patrimonio y los de una entidad modélica: Caja Navarra. Se ha necesitado el esfuerzo de un equipo multidisciplinar, lleno de profesionalidad y de ilusión, para que esta bella durmiente haya recuperado sus colores y despertado a una remozada juventud.
Igual que en la Edad Media, el impulso colectivo de los navarros ha hecho posible una recuperación ejemplar que, ahora, esta exposición quiere enseñar y explicar.
Por eso, Tudela nos invita a todos, tudelanos, riberos o montañeses, navarros o no, amantes del arte y la belleza de cualquier origen y condición, a que conozcamos y disfrutemos de su magnífico legado.
El legado de una catedral.
Juan Ramón Corpas
Consejero de Cultura y Turismo del Gobierno de Navarra
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